Mi nombre es Franco
Cuando era chico solía visitar a mi tío Eduardo todos los sábados. Él me dejaba jugar en el altillo a ser un hechicero, con millones de frasquitos con esencias que mi abuelo había guardado allí al abandonar el oficio de perfumista. Juraba haber tenido demasiados dolores de cabeza y visiones como para seguir. Nadie le creía sus historias, por supuesto, por eso me permitían manipular cada frasco sin recomendación alguna, excepto la de no romperlos.
Yo no era un niño muy deseado ni consentido, apenas si se ocupaban de que comiera y no perdiera clases. Pero mi tío era muy aniñado, a pesar de sus treinta y cinco años, y era para mí el compañero y guía que necesitaba. En su casa casi no había reglas, y sobre todo, no había nada que limitara mi imaginación. De adolescente se convirtió en mi mejor y único amigo,…

